Cuanto más me acerco a Dios, más avergonzado estoy de quién era

Cuanto más me acerco a Dios, más avergonzado estoy de quién era

La verdad sea dicha: yo siempre dije que creía en Dios. Me consideraba un seguidor de Cristo. Hablaba del amor de Dios, de Su gracia, de Su palabra. Pero creer en Dios y caminar con Él son dos cosas completamente distintas. Yo creía en Él, sí, pero no estaba cerca de Él. No era devoto. No oraba realmente. No buscaba Su presencia. No leía la Biblia con hambre de transformación.

Ahora, en estos últimos años, mientras más me acerco hoy a Dios, mientras más intento conocer a Jesús y vivir como Él, más incómodo se vuelve mirar hacia atrás y encontrarme con la persona que fui.

Porque una de las cosas más dolorosas del crecimiento espiritual es descubrir que el problema no siempre eran los demás. A veces también eras tú.

Durante muchos años viví a la defensiva. Traté al mundo como si fuera mi enemigo. Y honestamente, parte de eso nació del dolor. Desde mi adolescencia, desde mis años en escuela superior y universidad, vi amistades romperse, personas irse, gente abandonarme, decepciones que poco a poco fueron endureciendo algo dentro de mí. Aprendí a esperar daño. Aprendí a sospechar de las intenciones de las personas. Y sin darme cuenta, construí una versión de mí que supuestamente me protegía, pero en realidad me estaba convirtiendo en alguien que también hacía daño.

Si no estabas conmigo, estabas contra mí. Así de simple veía el mundo.

Y esa mentalidad empezó a pudrir cosas dentro de mí. El resentimiento se volvió normal. La venganza comenzó a sentirse justa. Si alguien me hería, yo quería que sintiera lo mismo. Si yo sufría, el otro también tenía que sufrir. En mi mente, eso era justicia. Pero nunca me dio paz. Nunca me hizo sentir completo. Lo único que hacía era alimentar una versión de mí que cada vez se parecía menos a Cristo y más a todas las personas que me habían herido antes.

Lo peor es que personas inocentes terminaron pagando por heridas que nunca les pertenecieron. Una de mis mejores amigas fue víctima de eso. Ella quedó atrapada en una rivalidad absurda que yo tenía con otra persona y terminó siendo daño colateral de un conflicto emocional que ni siquiera entendía. La traté horrible. Y todavía hoy me pesa admitirlo. Lo irónico es que esa misma persona fue una de las que me ayudó a darme cuenta de quién me estaba convirtiendo. Dios usó personas para confrontarme conmigo mismo, y honestamente, no hay espejo más incómodo que ese.

Porque mientras más cerca estás de Jesús, más evidente se vuelve todo aquello dentro de ti que no se parece a Él. Empiezas a notar la arrogancia que antes justificabas, la dureza que llamabas “protección”, la frialdad emocional que confundías con madurez, el orgullo escondido detrás de cada reacción. Y llega un punto donde ya no puedes seguir culpando solamente a tu pasado. Tienes que aceptar responsabilidad por la persona que elegiste ser a causa de ese dolor.

Y eso pesa.

Pesa darte cuenta de que quemaste puentes. Que dañaste amistades. Que afectaste relaciones que probablemente nunca volverán a ser iguales. Pesa entender que algunas disculpas llegan tarde y que hay heridas que no desaparecen simplemente porque finalmente entendiste el daño que causaste. Una de las cosas más difíciles que estoy aprendiendo es aceptar quién fui sin intentar esconderlo ni justificarlo completamente. Sí, el mundo fue cruel conmigo muchas veces. Sí, hubo personas que me lastimaron profundamente. Pero mi dolor no justificaba convertirme en alguien que también lastimaba.

Y aun así, en medio de toda esa vergüenza, creo que Dios transforma incluso eso.

Porque cuanto más me acerco a Él, menos deseo tengo de defender la persona que fui. Ya no quiero romantizar mi dureza ni celebrar la venganza como fortaleza. Ahora entiendo que la verdadera transformación espiritual no ocurre cuando aprendes más versos bíblicos o cuando aparentas ser más “correcto”. Ocurre cuando Dios empieza a romper el ego que construiste para sobrevivir. Ocurre cuando finalmente puedes mirar atrás y decir: “No quiero volver a convertirme en esa persona”.

No puedo cambiar el pasado. No puedo borrar el daño que hice. No puedo exigirle a nadie que olvide quién fui. Lo único que puedo hacer ahora es vivir de una manera que honre genuinamente a Dios. No solamente diciendo que creo en Él, sino esforzándome cada día por parecerme más a Jesús. Porque cuando miro a Cristo, no veo resentimiento buscando venganza. No veo orgullo desesperado por tener la razón. Veo gracia. Veo paciencia. Veo amor. Y veo a alguien que me confronta profundamente, porque mientras más lo conozco, más me doy cuenta de cuánto necesito cambiar todavía.

“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón;
pruébame y conoce mis pensamientos.
Y ve si hay en mí camino de perversidad,
y guíame en el camino eterno.”

— Salmo 139:23-24

Regresar al blog

Deja un comentario