Advertencia de contenido: Este artículo aborda temas relacionados con violación, agresión sexual, coerción, uso de sustancias y violencia contra las mujeres. No entraré en detalles gráficos, pero reconozco que incluso hablar de estos temas puede ser difícil para personas que han atravesado experiencias similares. Lee con cuidado, detente si lo necesitas y busca apoyo si esta conversación despierta algo que necesitas procesar.
Tengo que comenzar siendo transparente: esto me hierve la sangre.
En septiembre de 2026, una exestudiante de Cornell University presentó una demanda alegando que fue drogada y violada grupalmente por siete hombres vinculados a la fraternidad Chi Phi. Cornell confirmó sanciones, incluidas expulsiones y suspensiones, mientras la demanda cuestiona si la respuesta institucional fue suficiente. La investigación criminal fue reabierta y las alegaciones continúan bajo los procesos correspondientes. [1][2][3]
No quiero entrar en los detalles de lo que presuntamente ocurrió. Una mujer no necesita que volvamos a consumir los detalles de su trauma para reconocer la gravedad de lo que está denunciando.
Lo que quiero discutir es lo que esta situación nos obliga a examinar.
Mi primera reacción fue indignación ante la posibilidad de una respuesta institucional insuficiente frente a una acusación de semejante gravedad. Pero después tuve que hacerme una pregunta mucho más incómoda:
¿Cuántas veces nosotros mismos hemos contribuido, quizá sin darnos cuenta, a crear ambientes donde una persona violentada no se siente segura para hablar?
Y ahí la conversación también tiene que entrar a nuestras iglesias.
Aunque en este artículo estoy abordando una situación concreta en la que se habla de hombres como agresores y de una mujer como víctima, reconozco que la violencia sexual puede afectar tanto a mujeres como a hombres, y que también puede ser ejercida por personas de distintos géneros. Precisamente por eso esta conversación es tan importante: necesitamos construir comunidades capaces de reconocer el abuso, escuchar a quienes han sido violentados y responsabilizar a quien ejerce daño, sin importar quién sea.
La violencia no aparece de la nada
Cuando escuchamos una acusación de violación grupal, resulta fácil condenar la conducta descrita. Lo difícil es examinar aquellas cosas aparentemente pequeñas que hemos normalizado: el chiste sobre una mujer que no está presente, la insistencia que celebramos entre amigos, la manera en que excusamos a un hombre porque "así son los muchachos".
Quizá nunca justificaríamos una violación, pero podemos participar de una cultura que hace más difícil que alguien violentado pueda hablar.
Lo hacemos cuando nuestra primera pregunta es: "¿Pero qué tenía puesto?". Cuando preguntamos cuánto había bebido, por qué fue a ese lugar o si ya había tenido una relación con él. Cuando escuchar "¿Por qué no se fue?" o "¿Por qué esperó tanto para decirlo?" parece más urgente que preguntar si está a salvo.
Y sin querer, movemos el foco. La conversación comienza con lo que una persona le hizo a otra y termina convertida en un interrogatorio sobre lo que la víctima pudo haber hecho diferente.
Una joven que escucha esos comentarios dentro de su iglesia está aprendiendo algo acerca de nosotros. Está pensando qué ocurriría si algún día fuera ella. Está calculando si podría hablar sin tener que defender primero su ropa o su historial sentimental.
Podemos decir cien veces desde el púlpito que nuestra iglesia es un lugar seguro. Si nuestras conversaciones cotidianas dicen lo contrario, esas declaraciones pierden su significado.
Somos responsables por la cultura que construimos
Un comentario insensible no convierte automáticamente a una persona en agresora. Aun así, tenemos responsabilidad por el tipo de comunidad que ayudamos a construir.
Hay ambientes donde los límites se convierten en motivo de burla y donde la masculinidad se mide por conquistas. Donde compartir fotografías íntimas sin permiso provoca risas. Donde el "no" de una mujer se interpreta como una invitación a insistir un poco más.
Tenemos que detener esas cosas mucho antes de encontrarnos frente a una tragedia.
Nuestra responsabilidad comienza cuando escuchamos a un amigo hacer el comentario y decidimos si nos reímos o lo confrontamos. Cuando alguien comparte una fotografía íntima sin autorización y nos negamos a mirarla o difundirla. Cuando vemos a una persona incapacitada por sustancias y buscamos que esté segura.
También comienza cuando un muchacho insiste después de escuchar un no y sus amigos le dicen: "Ya te dijo que no". Cuando una mujer nos cuenta que alguien la hizo sentir insegura y escogemos escucharla antes de explicarle por qué quizás entendió mal.
La ropa y una relación previa nunca son permiso para disponer del cuerpo de otra persona. En nuestra formación cristiana, respetar la dignidad del prójimo tiene que incluir respetar sus límites.
Es ahí, en nuestras decisiones cotidianas, donde se construye una comunidad segura.
La Iglesia tiene que hablar antes de que ocurra lo peor
Me perturba que parezca necesario llegar a una acusación de esta gravedad para conversar sobre violencia sexual y responsabilidad institucional. Nosotros, como Iglesia, tenemos jóvenes bajo nuestro cuidado. Algunos están entrando a la universidad o comenzando relaciones. Otros posiblemente ya han sido violentados y nunca se lo han contado a nadie.
Por eso esta conversación pertenece a la Iglesia.
Decir que la violación es pecado debería ser evidente. Nuestra responsabilidad incluye formar personas que respeten un no y comprendan que desear a alguien no les concede acceso a su cuerpo. También necesitamos comunidades capaces de recibir una denuncia sin convertir inmediatamente a quien habla en una persona acusada.
Tenemos que estar dispuestos a proteger al vulnerable, incluso cuando resulte incómodo para nuestra reputación.
Porque también podemos hacer daño mientras creemos que estamos defendiendo valores cristianos. Podemos hablar tanto del perdón que olvidemos la justicia. Podemos preocuparnos tanto por "no destruirle la vida" a quien hizo daño que olvidemos preguntarnos qué ocurrió con la vida de quien fue violentado.
Podemos apresurarnos a hablar de restauración mientras una persona todavía está intentando sentirse segura.
Y entonces necesitamos volver a las Escrituras. En ellas encontramos a una mujer cuya voz debemos escuchar con atención.
Su nombre era Tamar.
Tamar habló. ¿Quién estuvo dispuesto a escucharla?
En 2 Samuel 13, Amnón prepara una situación para quedarse a solas con su media hermana Tamar, siguiendo el consejo de Jonadab. Cuando él intenta imponer su voluntad, ella se opone: "No, hermano mío, no me hagas violencia" (2 Samuel 13:12, RVR1960). Amnón desoye su negativa y la viola. Después ordena expulsarla. [4]
Tamar expresó su oposición. La responsabilidad pertenece a quien decidió ignorarla. Y nuestra lectura debe ser igual de clara con quienes no pudieron hablar, resistirse o escapar: nadie tiene que demostrar una resistencia perfecta para merecer protección.
El relato también nos obliga a mirar alrededor de Amnón. Jonadab interviene facilitando el encuentro mediante el engaño. Su participación me hace pensar en quienes ayudan a preparar una situación peligrosa y después se consideran ajenos al daño.
¿Qué hacemos con la confianza que nuestros amigos depositan en nosotros? ¿La usamos para confrontar una intención dañina o para ayudarles a salirse con la suya?
Después, Absalón recibe a Tamar en su casa, pero le pide silencio. David se indigna al enterarse; el relato no describe en ese momento una respuesta suya que haga justicia a Tamar (2 Samuel 13:20-22).
Esa escena me confronta como pastor. Puedo sentir coraje y aun así fallarle a alguien. Puedo ofrecer un espacio y, al mismo tiempo, ponerle condiciones a su voz. Una comunidad puede recibir a una persona mientras le comunica que hay partes de su historia que sería mejor no mencionar.
Cuando una iglesia dice "mejor déjalo ahí", "piensa en la familia" o "no hagas quedar mal al ministerio", debemos preguntarnos a quién estamos protegiendo.
La reputación de una congregación nunca debería descansar sobre el silencio de una persona herida.
Escuchar también nos compromete
Escuchar a Tamar hoy exige revisar nuestra manera de acompañar. Si alguien nos confía una experiencia de violencia sexual, podemos comenzar con algo sencillo: "Gracias por confiar en mí. Lo que te hicieron no fue tu culpa. ¿Cómo puedo apoyarte?".
RAINN recomienda escuchar sin juzgar, preguntar qué ayuda necesita la persona y mantener el apoyo con el paso del tiempo. También advierte contra presionarla para denunciar o someterse a un examen. Acompañar requiere respetar su capacidad de decidir y facilitar acceso a profesionales capacitados. [5]
Eso tiene implicaciones para nuestras iglesias. Necesitamos personas preparadas para recibir una denuncia, procedimientos de protección que realmente se conozcan y vías para pedir ayuda fuera de la cadena de autoridad de quien haya sido señalado. La persona que habla no debería depender de la buena voluntad de alguien que tiene un interés personal en silenciarla.
Como pastores debemos reconocer los límites de nuestro papel. Podemos acompañar espiritualmente y ayudar a encontrar apoyo especializado. La atención pastoral no sustituye una investigación competente. Tampoco debemos convertir una reunión de reconciliación en condición para recibir ayuda.
Una iglesia responsable protege la privacidad de quien pide apoyo y explica con honestidad los límites de la confidencialidad. Sus procedimientos deben contemplar las obligaciones legales aplicables, especialmente cuando hay menores o personas en riesgo, con orientación profesional.
Tomar una denuncia en serio permite activar protección y procesos justos. No necesitamos resolver públicamente un caso para escuchar con respeto a quien está pidiendo ayuda.
El perdón no puede convertirse en otra exigencia sobre la víctima
Como cristiano, creo en la gracia de Dios y en la posibilidad del arrepentimiento. Precisamente por eso me preocupa cuando usamos esas palabras para apresurar un cierre que le conviene a quien hizo daño.
No podemos exigirle a una persona que vuelva a exponerse a su agresor para demostrar que tiene fe. Ni medir su espiritualidad por la rapidez con que deja de hablar de lo ocurrido.
El arrepentimiento debe tomar en serio el daño causado y aceptar consecuencias. Hablar de perdón no le devuelve automáticamente a alguien la confianza de una comunidad ni el acceso a un puesto de liderazgo. Mucho menos le concede acceso a la vida de la persona que lastimó.
Quien ha sufrido violencia necesita espacio para sanar a su propio ritmo. Puede necesitar ayuda profesional y límites que otras personas no entiendan. Nuestra tarea pastoral incluye respetarlos.
¿Podría Tamar hablar entre nosotros?
Esa es la pregunta que quiero llevarme de esta reflexión.
Si Tamar se sentara en uno de nuestros bancos, ¿podría contar lo que le pasó sin que comenzáramos a defender a Amnón? Si el señalado fuera alguien querido por la congregación, ¿estaríamos dispuestos a actuar con la misma seriedad?
Y si todavía no se sintiera preparada para hablar, ¿qué aprendería de nosotros al escucharnos conversar después del culto?
A quienes han atravesado una experiencia de violencia sexual quiero decirles esto: lo que les hicieron no reduce su dignidad. No están obligados a contar públicamente su historia ni a convertirla en un testimonio para que otras personas se sientan inspiradas. Merecen cuidado, incluso cuando todavía no encuentran palabras para pedirlo.
A la Iglesia nos corresponde examinar nuestras prácticas. Corregir el comentario que ayer dejamos pasar. Prepararnos para responder cuando alguien se acerque. Aceptar que amar a nuestra comunidad también exige confrontar el daño que puede ocurrir dentro de ella.
Quiero una Iglesia donde una persona herida pueda hablar sin tener que proteger primero nuestra reputación.
Y esa Iglesia comienza con lo que tú y yo decidimos hacer cuando alguien rompe el silencio.
Si tú, o alguien que conoces, está atravesando una situación de violencia o agresión sexual, hay ayuda disponible. En Puerto Rico, puedes comunicarte con el Centro de Ayuda a Víctimas de Violación (CAVV) del Departamento de Salud al 787-765-2285, disponible las 24 horas, los 7 días de la semana, con orientación, intervención en crisis, apoyo psicosocial y coordinación de servicios. A nivel nacional, la Línea Nacional de Abuso Sexual de RAINN ofrece apoyo confidencial 24/7 en español e inglés llamando al 800-656-4673, enviando HOPE al 64673 o mediante su chat en línea. Si existe peligro inmediato, llama al 911.
Referencias
- Qusba, Cereese. "University Releases Statement on Alleged Gang Rape at Chi Phi." The Cornell Daily Sun, 21 sept. 2026, actualizado el 22 sept. 2026.
- Cronin, Mary Caitlin, y Varsha Bhargava. "Cornell Denies That Defendants in Alleged Chi Phi Gang Rape Only Wrote Essays, Confirms Expulsions." The Cornell Daily Sun, 28 sept. 2026.
- Qusba, Cereese. "Tompkins County DA Reopens Criminal Investigation Into Alleged Chi Phi Gang Rape." The Cornell Daily Sun, 28 sept. 2026.
- La Santa Biblia. Reina-Valera 1960, 2 Samuel 13:1-22. Bible Gateway. Consultado el 28 sept. 2026.
- RAINN. "How To TALK With Survivors of Sexual Violence." RAINN. Consultado el 28 sept. 2026.

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